Tal vez es inútil. No es la primera vez que llego a la misma conclusión, de hecho decirlo así es caer en una atribución de una voluntad que no existe. No he llegado a nada, sino que súbitamente amanezco inmerso en la conclusión.
Cuando la alienación es con uno mismo no parece haber escapatoria ni mucho sentido a lo que uno pueda experimentar, todo se distorsiona en contra de todo lo constructivo, en una especie de anarquía que ni siquiera es tal, que no levanta un dedo ni para autodefinirse como algo.
Es la apreciación de la distancia la que ahoga, la de que todo se cierra y se ciega, lenguaje y contacto, interés y afecto, y al final es el último punto, el de la comprensión que se pierde, aún cuando es posible tropezarse con ella, golpearse tan fuerte y de frente pero aún estar tan cegado como para no saber percibir su forma, esquivar sus obstáculos, evitar sus espinas.
Cuando la razón es la que se resquebraja, de sus grietas escapa el terror más puro y ensordecedor. El terror de no haber sido ni serlo jamás, de la nula área de intersección, de una definición absurda y unipersonal de vida, de la soledad eterna que cubre todo como una niebla que se autoprotege y que emana de ningún lugar en particular.
Siempre me digo que nunca debí haber tratado, y aún así día a día las ilusiones de muchos aspectos de las vidas (las reales, las ajenas) siguen amenazando con destruir esta otra construcción patética que parece una burla.
Cuando todas las experiencias son ortogonales, cada segundo de ésto, como quiera que se llame, confirma tu diagnóstico, el último que recuerdo de tí.
Ya no quiero seguir tratando más, no quiero seguir en denial. Es tan ridículo construir sobre postulados que se saben falsos, tan doloroso mentirse a uno mismo por las noches y las mañanas que lo único que quisiera ahora es que el film avance discontinuamente, sin sentirlo, hasta el día del turn-off final.